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Qué es el HPLC y cómo funciona: cromatografía líquida de alta resolución explicada

Por Florencia Quiroga, Técnica Universitaria en Química6 min de lectura

HPLC aparece en casi todas las búsquedas de analista de laboratorio, y suele ser la primera pregunta técnica de una entrevista. La sigla viene del inglés High-Performance Liquid Chromatography, que en castellano se traduce como cromatografía líquida de alta resolución o de alta eficacia. Detrás del nombre hay una idea bastante intuitiva.

El problema que resuelve

Una muestra real —un jugo, un comprimido, un extracto— no es una sustancia sola: es una mezcla. Si querés saber cuánta cafeína tiene una bebida, no alcanza con medir la muestra entera, porque todo lo demás que hay adentro interfiere. Primero hay que separar los componentes; recién después se puede medir cada uno.

Eso es lo que hace la cromatografía: separar los componentes de una mezcla aprovechando que cada uno interactúa de manera distinta con dos fases que no se mezclan entre sí.

Las dos fases

Toda la técnica se apoya en el reparto de los analitos entre dos fases:

  • La fase estacionaria: está fija dentro de la columna. Suele ser sílice en partículas muy finas y de tamaño controlado con precisión, típicamente de 3 a 5 micrómetros.
  • La fase móvil: es el líquido que se bombea a través de la columna y arrastra la muestra.

La muestra se inyecta en la fase móvil y recorre la columna. Los compuestos que tienen más afinidad con la fase estacionaria quedan retenidos más tiempo; los que tienen más afinidad con la fase móvil salen antes. Así, componentes que entraron juntos salen separados en el tiempo. Ese tiempo que tarda cada compuesto en salir —el tiempo de retención— es característico de ese compuesto en esas condiciones, y es lo que permite identificarlo.

El detector: dónde aparece el número

Separar no alcanza; hay que ver qué salió y cuánto. Para eso, a la salida de la columna hay un detector. El más utilizado en HPLC es el basado en la absorción de radiación ultravioleta por parte del soluto: cuando un compuesto que absorbe en el UV pasa frente al detector, la señal sube y se registra un pico.

El resultado es un cromatograma: un gráfico de señal en función del tiempo, con un pico por cada compuesto separado. La posición del pico (el tiempo de retención) dice qué es; el área del pico es proporcional a cuánto hay. Para convertir esa área en una concentración se compara contra estándares de concentración conocida —la curva de calibración—.

Por qué se usa tanto

Existe otra técnica cromatográfica muy común, la cromatografía gaseosa (GC), y la elección entre una y otra no es de gusto. La GC requiere que el compuesto se pueda volatilizar sin descomponerse. Muchísimos analitos de interés no cumplen eso: son no volátiles, térmicamente lábiles —se degradan con el calor— o demasiado complejos.

Ahí entra el HPLC: al trabajar en fase líquida y sin necesidad de vaporizar la muestra, alcanza compuestos que la GC no puede analizar. Por eso es la técnica dominante en control de calidad farmacéutico, análisis de alimentos y laboratorios de investigación, y también se usa en cosmética y en análisis medioambiental.

Qué implica manejarlo en un laboratorio

En la práctica, «saber HPLC» es menos apretar un botón y más una cadena de cuidados donde casi todo el error posible ocurre antes de que el equipo mida:

  • Preparar la fase móvil correctamente y filtrarla y desgasificarla, porque una burbuja arruina la corrida.
  • Preparar la muestra: filtrarla, diluirla y llevarla al rango de trabajo del método.
  • Preparar estándares y construir la curva de calibración.
  • Cuidar la columna, que es el componente caro y el que más sufre una muestra mal filtrada.
  • Interpretar el cromatograma: reconocer un pico deformado, una línea de base que se corre o una separación insuficiente.
  • Registrar todo con trazabilidad, para que el resultado sea defendible frente a una auditoría.

El equipo entrega un número siempre. El trabajo analítico consiste en saber si ese número significa algo.

Fuentes

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